3.- TATUADOR Y TATUADO (CSEC, POR SERAFÍN RABÉ)

La relación entre un tatuador y la persona a la que va a tatuar debe ser de mucha confianza. La persona que va a recibir la técnica debe tener la seguridad de estar en buenas manos tanto higiénica como artísticamente.

El tatuador debe estar comprometido con todo trabajo que tenga que realizar. Habitualmente el grado de compromiso del artista será directamente proporcional al interés que demuestre la persona que va a recibir la técnica. En este parámetro no cabe interés alguno por la mercantilidad del producto por parte del tatuador. Da igual que la remuneración económica sea mayor o menor, si el trabajo no le resulta interesante al artista, puede caer en el desánimo y la pesadez de hacer el trabajo cumpliendo simplemente con lo que se le pide. No siempre es culpa del tatuador, a veces el coleccionista es tan cerrado que no admite proposiciones ni quiere rebelar qué quiere expresar con su tatuaje, a veces es simple y superficial y no deja margen para la creatividad y otras veces es tan sencillo y rápido de realización que ni siquiera da pie a la expresión artística, si el resultado puede ser considerado como arte es por su conceptualidad, y ese es un peso que recae más sobre el artista receptor.

He aquí el punto a tratar en este apartado. La conexión entre tatuador y tatuado. El curso natural para generar arte a través de la piel es a raíz de un intercambio sincero de ideas entre sendas partes en el que el coleccionista debe traer sobre todo una idea a desarrollar en su cuerpo y una posible forma de realizarlo, y el tatuador debe usar su supuesta más dilatada experiencia para terminar de dar forma a esa chispa inicial.

Muchos tatuadores, pese a no tener una técnica tan depurada como otros, gozan de una mayor fidelidad por parte de sus clientes debido a que saben conectar con ellos de una manera más involucrada, por lo que los usuarios se sienten más comprendidos e identificados y por tanto más satisfechos con la obra. El camino a seguir debe ser de total comunicación e intercambio de puntos de vista. Si el tatuador conoce la idea que el coleccionista quiere expresar estará más capacitado para proponer detalles y cambios con el fin de enriquecer la obra, aparte de guiarlo en el campo de la composición y la estética.Ilustración guerrero con máquina de tatuar

La imagen del tatuador suele ser un tanto shamánica. Habitualmente nadie se tatúa a la ligera, a no ser que sea un pequeño capricho pasajero en plan “qué loco estoy”. Los buenos usuarios de la técnica se plantean muy seriamente una obra antes de solicitar que se le realice, por ello no está de más buscar a una persona que lo practique que inspire cierta sabiduría y/o misticismo.

Si el tatuador inspira mediocridad y/o necedad el coleccionista se retractará de su realización, es por ello que a menudo cuando se encuentra a un artista que se adecua a las necesidades del usuario este pueda no volver a tatuarse con otra persona que no sea esta. Si el coleccionista va a cederle un trozo de su cuerpo al artista, permitiéndole incluso que le inflija dolor, es porque ha habido una buena conexión entre ambas partes. Si ha sido así, la conversación entre ambas partes productoras de la obra será más fluida tanto antes como durante y después de la sesión de tatuaje, por lo que las dos personas pueden irse conociendo mejor y es más posible que empaticen. La empatía es un factor importante entre artista y coleccionista. El tatuador no solo trata de adentrarse en la mente del coleccionista para plasmar el diseño que desea, proponiendo mejoras de composición o añadiendo elementos que puedan reforzar el significado de la obra o darle un carácter más expresivo. Además, el vínculo que se crea entre el tatuador y el tatuado va más allá del entendimiento intelectual. Para tatuar es necesario el estiramiento de la piel, y en este contacto el artista siente la energía del coleccionista.

En la cultura de los maoríes piensan que los dos ayudantes del maestro tatuador que están tensando la piel sienten con el coleccionista su dolor y lo comparten, ayudando al coleccionista a que le sea más llevadero. Muchos masajistas y algunos curanderos hablan de localizar mediante la extremada sensibilidad de las manos la energía negativa del cuerpo para hacerla salir y que entre la positiva. Esto es un fenómeno muy intuitivo y el paciente debe estar convencido de que es efectivo, ya que una buena parte de la efectividad del tratamiento es la sugestión, al igual que en el tatuaje terapéutico.

El caso es que, aun llevando guantes, el tatuador siente a través de las manos en continuo contacto con el cuerpo cada mínimo movimiento del coleccionista, aunque no sea apreciable externamente. Aprecia cuando lo está pasando mal o si está nervioso. Incluso si va a darle una bajada de tensión, el tatuador es a veces capaz de presentirlo sin verle la cara hasta varios minutos antes de que le suceda, antes de que comience a sentirse mareado y su piel se torne pálida y sudorosa.

Realización de un tatuaje femenino

El tatuador es un intermediario entre la idea del coleccionista y la obra cutánea, pero es mucho más que eso. Es también el encargado de dar ánimos para seguir a la persona que pueda estarlo pasando mal, le indica las formas de relajación, cómo respirar para recibir la técnica o cómo distraer su mente para que no se centre en la sensación de dolor. El dolor es en su mayor parte psicológico. Si el receptor del tatuaje mantiene su concentración o lleva una conversación que lo mantenga distraído la sesión será mucho más llevadera. Sin embargo, si la persona en cuestión está muy nerviosa y no deja de centrar su atención en las agujas y su piel, autoconvenciéndose de que le está doliendo mucho, su propia mente le jugará la mala pasada de que se cierre en un dolor que es creado directamente por sí mismo.

Una persona que se introduce en este círculo vicioso es muy difícil de sacar, ya que ni escucha las indicaciones del tatuador ni colabora, por lo que se interrumpe el fluir de energía y la realización de la técnica se vuelve tortuosa para ambos. La mejor forma de controlar la concentración es mediante la respiración. La mayor fuente de energía para el ser humano es el oxígeno. Cualquier persona es capaz de sobrevivir varios días sin comer o sin ingerir líquido. No obstante, no somos capaces de mantenernos con vida más de unos minutos sin respirar.

El acto de respirar es un fenómeno de renovación constante. Comenzamos por inspirar aire para que la sangre lleve el oxígeno que hay en este a todos los rincones del cuerpo. Así, nuestros órganos y células pueden seguir con un funcionamiento correcto. A continuación expiramos y expulsamos dióxido de carbono, que nos resultaría tóxico de permanecer en nuestro interior. El corazón es, junto con el cerebro, el órgano más importante del cuerpo. Su misión es bombear sangre, y la principal función de la sangre es oxigenar células, tejidos y órganos.

La respiración es un ejercicio de purificación. Introducimos lo que es bueno en nuestro organismo y expulsamos lo que nos perjudica, obteniendo energía en el proceso.

El fenómeno respiratorio es semivoluntario, es decir, estamos continuamente respirando de forma sistemática y si hacemos ejercicio el ritmo se acelera para obtener energía adicional o decelera cuando dormimos de forma involuntaria, pero si queremos podemos forzar la respiración a ir mas deprisa de lo necesario o interrumpirla por un breve intervalo de tiempo. Esto quiere decir que tenemos una limitada capacidad de modelar nuestra respiración según nuestro interés.

Los deportistas profesionales inspiran aire profundamente antes de hacer un gran esfuerzo físico de corta duración. Sin embargo, si el ejercicio consiste en pruebas de resistencia tratará de mantener la respiración lo mas pausada posible para retardar el cansancio y dosificar su energía para no forzar el ritmo cardíaco.

Sport Tattoo

La respiración favorece a la concentración y viceversa. El deporte es la forma más obvia de comprobarlo, pero no la única. Aprender a dominar la respiración ayuda en momentos de miedo, furia o estrés, cuando la subida de adrenalina hace que hiperventilemos sin gastar la energía producida, lo cual evita que pensemos con claridad.

En estos momentos lo mejor sería intentar respirar despacio con bocanadas amplias pero muy pausadas e hinchando el abdomen. La respiración muy acelerada sin necesidad de energía extra para reaccionar ante una situación de miedo provoca una crispación nerviosa aguda que impide que el sujeto actúe inteligentemente para ponerse a salvo del peligro que le produce miedo e incluso dominar los movimientos de su propio cuerpo. El estrés o la furia no canalizados pueden originar, al seguir en posesión del control de nuestra motricidad y necesitar descargar la energía producida por la hiperventilación, que golpeemos o gritemos a algo o alguien que realmente no es causante ni responsable del sentimiento producido, y lo cual puede acabar en lesión propia o de otro individuo, pérdida de objetos preciados, etc.

También si estamos en un momento crítico en el que pueda surgir una confrontación o cualquier otra situación de excitación extrema como saltar desde un avión en paracaídas respiraremos antes con mayor ritmo e hinchando el pecho para que cuando realicemos la acción el cuerpo tenga alguna reserva de energía y no tenga que recuperar tanta después del repentino esfuerzo y evite una prematura fatiga y un cambio brusco del ritmo cardíaco.

En todas las técnicas orientales de relajación y meditación la respiración desempeña un papel fundamental. No conocer las posiciones o los movimientos de estas técnicas no quiere decir que no podamos entrar en un estado de laxitud reflexiva.

En realidad el camino de la meditación es muy sencillo de emprender. Solo hay que vaciar la mente y olvidarlo todo por unos momentos, volver al punto cero. Así expresado no parece tan fácil, pero lo es. Para lograr esto no es necesario adoptar una pose concreta. Algunas colocaciones del cuerpo favorecen la concentración y el fluir de energía, pero básicamente debemos buscar una colocación relajada. Esta puede ser sentados con la espalda recta sin apoyar, también tumbados preferentemente sobre un soporte rígido, y si queremos hacerlo de pie debemos flexionar ligeramente las rodillas con los pies un poco separados y asegurándonos de que los hombros están totalmente sueltos. Una vez hemos encontrado nuestra posición ideal para retraernos a nuestro mundo interior es favorable que adoptemos siempre esta, ya que la habitualidad hará que nos resulte más fácil entrar en el estado que necesitamos.

El ejercicio de meditación es aconsejable realizarlo en soledad, y evitando ruidos que distraigan la atención. Comenzaremos por cerrar los ojos para impedir que haya distracciones visuales. Toda nuestra atención debe estar dirigida a la respiración. Vamos a comenzar por observarla simplemente. Nos olvidaremos de que existe el lenguaje y todo nuestro mundo va a resumirse a analizar nuestro sistema respiratorio. Vamos a notar cómo el aire entra por la nariz, llena nuestros pulmones y, tras una pequeña pausa, vuelve a salir por la boca. Es como ver con los ojos cerrados un péndulo que oscila sin perder fuerza o las olas del mar al llegar a la orilla. Luego, con la mente vacía excepto por la atención a la respiración vamos a transformarla de una forma suave y gradual para hacer las inspiraciones y expiraciones un poco mas lentas y mas largas, así como las pausas entre unas y otras. Una vez hemos adquirido este ritmo lo mantendremos hasta el final de la sesión. Al ser la respiración un movimiento semivoluntario, poco a poco iremos olvidándonos de ella como un hombre que enseña a un niño a andar o a montar en bicicleta y comienza sujetándolo y suavemente lo va dejando libre para que siga por sí solo.

Al desocuparnos también de la atención a la respiración habremos logrado dejar la mente totalmente en blanco y nuestra concentración será plena. No existirá nada que no sea nuestra mente. Si surge un brote de consciencia que nos pueda distraer lo dirigiremos nuevamente hacia la respiración para enderezar el camino y volver a la concentración total. Cuando llevemos unos minutos en este estado sin distracciones podremos comenzar a pensar y a sentir sin influencias externas, seremos libres de redescubrir la realidad mediante nuestra propia reflexión. Si no somos capaces de llegar a esta condición por nosotros mismos podemos pedir a alguien con más experiencia que haga de guía en las primeras sesiones. El papel de guía consiste en simular una voz interior que susurra muy despacio y repetidamente los pasos a seguir para sugestionar al individuo y luego puede hacer que imagine cosas concretas. Esta forma de retracción al mundo interior guiada es utilizada en el mundo de la psicología para descubrir traumas infantiles y otros problemas. En la técnica de la hipnosis las sugestiones se utilizan de forma parecida aunque con ciertas variaciones. Para hipnotizar a un individuo el sujeto que lo sugestiona deberá mostrarse ante él como la figura autoritaria de un padre o la acogedora de una madre, dependiendo de lo dominantes o recesivos que sean ambos sujetos. El individuo sugestionado en esta ocasión debe forzar la vista hacia arriba y a un objeto cercano o al mismo sugestionador.

Dibujo Serafín Rabé

La diferencia con la técnica que estamos describiendo es que en lugar de retraernos a nuestro mundo interior en la hipnosis realizamos una regresión a la infancia, a veces incluso al útero materno, para volver luego a la edad y a la situación que el sugestionador desee, sea real o ficticia, ya que subyuga nuestra voluntad a la suya.

En el proceso de autosugestión la persona que se retrae puede romper esta condición en el momento que lo desee sin peligro alguno, y llegar a ella es sencillo y al alcance de quien desee hacerlo. Una vez hemos vaciado nuestra mente gracias a la atención y modulación de nuestra respiración el proceso debe seguir siendo de una serenidad extrema. Paulatinamente despertaremos nuestra mente sin perder la concentración para comenzar a descubrir quienes somos. Si no sabes cómo o quién eres no puedes conocer el significado de tu existencia. Empezaremos recordando nuestras experiencias anteriores, los éxitos y fracasos de nuestra vida, incluyendo la infancia. La infancia es la etapa en la que menos ocultamos nuestras cualidades innatas y las tendencias de nuestra personalidad, la cual iremos ampliando con la experiencia. Muy despacio, sin ningún tipo de prisa, pasaremos a analizar nuestra vida actual, si es como nos gustaría o no, si querríamos dedicar mas tiempo a otras cosas y a qué cosas. Recapacitaremos sobre nuestras virtudes y más aún sobre nuestros defectos. Escogeremos qué cualidades debemos potenciar. A continuación recordaremos nuestras metas, las que teníamos de niños y las que tenemos ahora, y observaremos la evolución que ha sufrido nuestra personalidad en esos años. También nos plantearemos si estamos haciendo lo correcto para conseguirlas. Todos tenemos sueños. Podemos clasificar a las personas según su comportamiento frente a esos sueños. Están los que se limitan a fantasear mientras viven sus vidas con resignación y los que luchan por conseguirlos, que convierten sus sueños en objetivos, y si llegan a cumplirlos se plantean nuevos retos.

Para aquel que cree en sus sueños, rendirse es la mayor de las traiciones. Poéticamente un hombre viejo muere por falta de metas o de esperanza por conseguirlas. Sentir que aún te quedan cosas por hacer en este mundo hará que no lo dejes con facilidad. A menudo tenemos que recordarnos quienes somos y qué es lo que queremos en la vida para no vivirla como autómatas.

Una vez hemos reflexionado sobre esto y hemos reafirmado la identidad propia podemos optar por tomar el camino que deseemos. Sin perder la concentración, podemos meditar acerca de cómo funciona el mundo que nos rodea y valorar las cosas que realmente importan, buscar soluciones a problemas que nos atormenten o simplemente crear en nosotros cualquier sentimiento concreto que pasa a ser real, porque una persona solo es feliz o desdichada si se siente feliz o desdichada.

Este método te hace ver las cosas de una forma más clara. Es como un desatascador de mentes bloqueadas. Pensar inteligentemente puede ser lo que diferencie al ser humano de otros animales, y razonar independientemente de lo que nos hayan enseñado diferencia a unos seres humanos de otros. Capacidad para hacerlo la tenemos todos, solo hay que intentarlo. Evidentemente no vamos a tener razón en todas nuestras conclusiones, pero es el ejercicio mental el que nos beneficia. Este ejercicio puede ser guiado cuando tengamos dudas sobre qué estilo queremos tatuarnos o en qué lugar del cuerpo, y también para controlar el dolor durante su realización, desviando nuestra concentración hacia otra zona del cuerpo o a un elemento externo como una conversación.

La ecuación del dolor depende de dos variantes. No son la fuerza y la resistencia del individuo que recibe la técnica, ya que por ejemplo las mujeres suelen tener menos fortaleza física que los hombres y sin embargo su umbral del dolor es más elevado, y la resistencia física es inútil, ya que si se está concentrado y relajado realmente el coleccionista no está realizando esfuerzo alguno, pero si toma la vía de tensar la musculatura cuando la aguja entra en contacto con la piel tarde o temprano acabará fatigado. A menudo sucede que el coleccionista comienza a quejarse a falta de la última media hora de sesión. No importa si la sesión es de dos horas o de siete, es la mente del receptor la que, a sabiendas de que ya falta poco para el final relaja su concentración y la prisa le hace perder esa cierta inmunidad que hasta entonces su mente le estaba procurando, dejándolo a merced de su propio coraje como única defensa. También hacer descansos demasiado prolongados y frecuentes influye negativamente en el dolor, tanto por el enfriamiento de la piel tatuada como por la pérdida de la concentración.

Las dos variantes que ayudan a controlar el dolor en un tatuaje son la fortaleza mental del coleccionista y la capacidad de infundir ánimo del tatuador. Es cierto que hay personas más sensibles al dolor y zonas que son más dolorosas que otras, pero si el receptor de la técnica viene motivado y concienciado y el artista sabe guiarlo y no se excede en severidad no debe haber ningún problema de soportabilidad.

Hemos comentado que el tatuador percibe a través de sus manos las sensaciones y perturbaciones de energía que siente el coleccionista, lo cual le brinda la opción de modular la intensidad del trabajo a fin de encarrilar la susceptibilidad del receptor. Lo que quiero decir es que si el coleccionista es primerizo y el tatuador lo nota nervioso, es preferible comenzar haciendo unas líneas muy superficiales, aunque no se queden marcadas y luego haya que volverlas a hacer, con objeto de que se tranquilice y entre en el estado mental que quiere el tatuador, no cegándose en el convencimiento de estar sufriendo y por lo tanto haciendo más llevadera la sesión para ambos. Poco a poco, según el sujeto crece en confianza y se va calentando la piel el tatuador puede ir ahondando en ella para que se tinte la capa basal de la piel y la técnica resulte efectiva. Cuando el coleccionista ha entrado ya en una dinámica más positiva el artista puede comenzar paulatinamente a elevar la intensidad de trabajo para que la sesión no resulte excesivamente larga y pesada.

La realización de un tatuaje consiste en una transformación permanente del individuo tatuado. Existe un antes y un después en cada proyecto realizado tras el cual el individuo no solo ha cambiado físicamente sino que ha avanzado un paso más en el discurso pronunciado en su piel, el cual muestra las creencias y vivencias personales. El tatuador ayuda al tatuado a sentirse más completo y seguro de sí mismo, ya que las funciones habituales del tatuaje son la a) identificación, ya sea dentro de un grupo o como señal de individualidad y singularidad, b) el recuerdo, que puede ser de un ser querido o de una buena o mala experiencia que no se quiere olvidar ya que es conveniente recordar lo aprendido de ella y c) la motivación. En ocasiones a los tatuajes se les atribuye ciertas cualidades esotéricas que ayudan al individuo a tener una mentalidad más positiva, actuando como amuletos de suerte o de protección.

En conclusión, podemos decir que la relación entre el tatuador y el tatuado sobrepasa la mera transacción comercial, estableciendo un vínculo empático que puede durar lo mismo que la obra, y no es de extrañar que termine en una bonita amistad en la que ambos están satisfechos con el esfuerzo conjunto que han hecho y que repitan en más de una ocasión.


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